Escucho esa voz
tan tierna y a la vez tan fuerte
que dice tantas cosas que la gente no entiende
que dice tantos poemas como jamas algún escritor pudo haber imaginado.
Sigo escuchando sus palabras, sigo metiéndome en su mundo
mis manos pueden tocarla, mi cuerpo vibra al ritmo de su voz,
mi cerebro esta perfectamente coordinado a ella y de un momento a otro deja de sonar.
Desaparece esa alegría y poco a poco regreso a este mundo, volteo hacia todos lados y no veo a nadie, de pronto miro hacia abajo, ahí esta, entre mis piernas y mis brazos; callada, tan bella y tan frágil y lo único que puedo decir es:
"Amo esta bendita guitarra!"
